La pasión Canalla es innegable, se siente en cada rincón de Rosario y en cada butaca de nuestro Estadio. Pero la pasión, por sí sola, no gana partidos. Las últimas jornadas nos han dejado un sabor agridulce, una sensación de que el equipo no termina de encontrar su mejor versión, de que le cuesta imponer su juego y, más preocupante aún, que defensivamente no siempre ofrece la solidez que Los Canallas esperan.

Es momento de un análisis frío, sin alarmismos, pero con la mirada crítica que nos caracteriza. Si observamos nuestros partidos recientes, emergen patrones preocupantes. En la fase defensiva, el equipo a menudo luce partido. La presión alta, cuando se intenta, no es sostenida ni coordinada, permitiendo al rival salir con facilidad. Esto genera que el mediocampo quede expuesto, forzando a la línea de cuatro a retroceder de manera precipitada y dejando espacios cruciales entre los centrales y los laterales. Las transiciones defensivas se convierten en un punto flaco, y nos cuesta recuperar la pelota en zonas peligrosas.

En el mediocampo, la búsqueda del equilibrio parece un desafío constante. El doble cinco, pieza clave en el fútbol argentino, a veces se ve superado en la contención o, por el contrario, no logra generar la circulación de balón fluida que necesitamos para construir juego. La pelota no fluye con la velocidad y precisión necesarias hacia los extremos o el enganche, si lo hay. Esto genera una dependencia excesiva de la individualidad, en lugar de un juego colectivo que desgaste y desordene al adversario.

En ataque, la carencia de ideas es notoria. Los Canallas generan menos situaciones claras de gol de lo que deberíamos. Los desmarques son escasos, la movilidad sin pelota no es constante y los carrileros no siempre profundizan con criterio para generar desborde. Cuando logramos llegar al área rival, los caminos son predecibles, a menudo culminando en centros sin receptor o remates lejanos sin mayor peligro. Nos falta esa elaboración paciente y punzante para romper defensas cerradas.

Entonces, ¿qué ajustes podemos sugerir desde la tribuna, con la convicción de que el cuerpo técnico buscará soluciones? Primero, la compactación defensiva es prioritaria. Quizás sea el momento de repensar la intensidad de la presión alta y optar por un bloque medio-bajo más sólido y organizado, donde las líneas estén más juntas, facilitando las ayudas y el achique de espacios. Un doble cinco con roles más definidos: uno más de marca y otro con mayor libertad para la salida y la distribución.

En el mediocampo, la clave es la velocidad en la toma de decisiones y la precisión en el pase. Podría explorarse la figura de un volante interno con mayor capacidad para conducir y conectar las líneas, liberando a los enganches o delanteros para recibir entre líneas. Necesitamos más triangulaciones y menos pases horizontales inocuos.

Para el ataque, la creatividad debe volver. Es fundamental trabajar en movimientos coordinados de los delanteros y extremos, con más desmarques de ruptura y apoyo. La utilización de los carrileros debe ser más incisiva, buscando no solo el centro, sino también el juego interno para generar superioridad numérica. Y por supuesto, las pelotas paradas, tanto ofensivas como defensivas, son un área donde se puede sacar una ventaja importante con un trabajo específico.

El camino es largo y la Liga Profesional Argentina es exigente, pero la historia de Los Canallas nos enseña que con trabajo, convicción y algunos ajustes tácticos, podemos retomar el rumbo. Es hora de que el equipo se encuentre a sí mismo y demuestre en el campo la garra y el fútbol que todos sabemos que tiene.